MI DOLOR

Llevo dieciocho años sobreviviendo, no viviendo.
Dieciocho años intentando no romperme en un lugar que se supone debía ser hogar, pero que se ha convertido en un espacio hostil, controlador y emocionalmente asfixiante.
Me quedé aquí porque decidí ser mamá.
Porque mi cuerpo se rompió con cirugías de columna.
Porque los accidentes, los trabajos mal pagados y los ambientes laborales tóxicos me empujaron una y otra vez al mismo punto de partida.
No porque no haya querido irme.
No porque no haya luchado.
Me quedé porque no siempre se puede elegir cuando el cuerpo, el dinero y la vida te ponen contra la pared.
Y aun así, me exigen gratitud eterna.
Como si ayudarme a sobrevivir significara que debo renunciar a mi autonomía, a mi voz, a mis decisiones, a mi dignidad.
Aquí todo se cuestiona:
mis trabajos,
mis errores,
mis parejas,
mis formas de maternar,
mis intentos de salir adelante.
Todo, menos el daño que ellos hacen.
Veo a mis padres dañados.
Veo a mis hermanos repitiendo patrones.
Veo una dinámica enferma que se disfraza de “familia”.
Y duele aceptar que el amor aquí siempre ha venido con condiciones.
Lo más doloroso no es solo lo que me dicen,
es lo que he tenido que callar.
He tenido que aguantar humillaciones, críticas, sarcasmo, control y silencios castigadores.
Y cuando por fin exploto, cuando digo algo, cuando pongo un límite, entonces soy “la problemática”.
La gente ve cuando grito,
pero nadie ve todo lo que aguanté antes de gritar.
Este lugar me ha metido en un bucle constante de fracaso:
el tiempo pasa,
los años pesan,
y el miedo a no poder salir nunca se vuelve más grande.
Vivir en un hogar narcisista te hace dudar de tu propia realidad.
Te cansa.
Te rompe por dentro.
Y lo peor es que para sobrevivir aquí, he tenido que convertirme en algo que no soy:
hipócrita, silenciosa, complaciente, conteniendo mi rabia para que todo “funcione”.
Pero ya no puedo más.
Estoy harta de aguantar mierda envuelta en falsa preocupación.
Estoy cansada de justificar lo injustificable.
Estoy agotada de tener que ser fuerte todo el tiempo.
Todo esto también le ha afectado a mi hijo.
Y esa es la herida que más duele,
porque yo he cargado con esto,
pero él no tendría por qué hacerlo.
No soy perfecta.
Nunca lo he sido.
Pero decir lo que siento no me hace mala, me hace honesta.
Y señalar lo que duele no me convierte en enemiga, me convierte en alguien que ya no quiere seguir sangrando en silencio.
No quiero seguir sobreviviendo.
Quiero vivir.
Y para eso, necesito salir de este lugar, aunque el miedo me acompañe.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

El impacto del desempleo en México: cómo afecta a las familias, hombres, mujeres y jóvenes

The Bold Type: la serie feminista que toda mujer debe ver (y por qué te va a encantar)

🌹 Sexo consciente: cuando el amor y el placer se encuentran en cuerpo y alma